A las 3 de la madrugada, recibí una llamada de mi madre; su voz temblaba como si estuviera a punto de apagarse: “Ayúdame…”. Conduje casi 500 kilómetros atravesando una tormenta de nieve y la encontré frente a las puertas del hospital, en plena oscuridad: descalza, cubierta de moretones, abandonada por mi padrastro y por su propio hijo. Así que me aseguré de que pagaran diez veces por todo el dolor que le causaron.
PARTE 2: Arturo llegó al hospital como si entrara a un restaurante caro, con abrigo de lana, botas limpias y esa calma de los hombres que siempre han comprado silencio. Diego venía detrás, con lentes oscuros, tenis de marca y dos cafés en la mano, como si aquello fuera una molestia familiar y no un crimen.
Mi mamá se encogió apenas los vio.
Arturo lo notó.
Y sonrió.
—Mira nada más —dijo—. La reina del drama ya reunió público.
Me puse entre ellos y la cama.
—No se acerquen a ella.
Diego rodó los ojos.
—Hazte a un lado, Lucía. Esto es asunto de familia.
—Ella es mi madre.
—Era —respondió él—. Hasta que firmó todo.
Arturo sacó una carpeta de piel y la levantó como trofeo.
—Poder notarial. Cesión de derechos. Autorización médica. Todo firmado por Elena.
Mi mamá negó con la cabeza, llorando.
—Yo no sabía qué eran esos papeles…
—Claro que sabía —dijo Arturo, y luego bajó la voz al notar que una doctora miraba—. Pero está confundida. Ya no está bien de la cabeza.
—Tiene cincuenta y ocho años —contesté.
Diego se burló.
—Siempre tan intensa.
Arturo se acercó a mí lo suficiente para que oliera su loción cara.
—Escúchame bien. El comandante es mi compadre. El presidente municipal me debe favores. En la notaría me conocen. Tú solo eres una empleadita que redacta demandas en la capital.
Lo dejé hablar.
Luego dije:
—En realidad, soy socia de un despacho especializado en violencia familiar, despojo y fraude patrimonial.
La sonrisa de Diego se congeló un segundo.
Arturo fingió no escuchar.
Lo que ellos no sabían era que mi mamá me había mandado, tres meses antes, fotos de estados de cuenta porque “Arturo estaba moviendo dinero raro”. Lo que no sabían era que yo ya había empezado a revisar firmas, retiros y transferencias. Lo que no sabían era que la llamada de Arturo estaba grabada, que mi cámara del coche había registrado mi llegada al hospital y que la cámara de urgencias seguramente había captado quién la dejó ahí.
Pero la rabia, cuando se muestra demasiado pronto, le avisa al enemigo por dónde correr.
Así que hice lo que Arturo esperaba.
Lloré.
Bajé la mirada. Fingí cansancio. Le pregunté qué quería.
Sus ojos brillaron.
—Lo sensato es que te vayas. Elena va a estar bien. Diego y yo administraremos sus asuntos.
—Su dinero —dije.
Arturo se encogió de hombros.
—Es lo mismo, tarde o temprano.
Diego se inclinó hacia mí.
—Y ni pienses pelear la casa. Ya está a mi nombre. Las cuentas están bloqueadas. Tú no recibes nada.
Lo miré fijo.
—¿De eso se trataba todo?
Su rostro se endureció.
—Se trata de que perdiste.
Esa misma tarde fui al Registro Público y a la notaría donde Arturo había movido los documentos. La cesión de la casa se había presentado el día anterior a las 5:40 de la tarde. El testigo era la novia de Diego. El otro, el contador de Arturo. Y mi mamá había entrado a urgencias dos horas antes por una conmoción cerebral.
Torpes.
Los hombres arrogantes siempre confunden miedo con inteligencia.
Para la noche ya tenía lista una solicitud de medidas de protección, una denuncia ante el Ministerio Público, un informe médico preliminar y a un perito grafoscópico revisando firmas. A medianoche apareció la primera transferencia: 1.4 millones de pesos de la cuenta de retiro de mi madre a una empresa fantasma de Diego.
Al amanecer encontramos cinco más.
Ese día Diego subió una foto a Facebook frente a la casa de mi mamá.
Nueva etapa. Hay gente que no merece lo que tiene.
Tomé captura.
Minutos después, Arturo me mandó un mensaje:
Vete del pueblo antes de hacer el ridículo.
Le respondí una sola línea:
Escogiste a la hija equivocada.
Él contestó con un emoji riéndose.
Perfecto.