A las 3 de la madrugada, recibí una llamada de mi madre; su voz temblaba como si estuviera a punto de apagarse: “Ayúdame…”. Conduje casi 500 kilómetros atravesando una tormenta de nieve y la encontré frente a las puertas del hospital, en plena oscuridad: descalza, cubierta de moretones, abandonada por mi padrastro y por su propio hijo. Así que me aseguré de que pagaran diez veces por todo el dolor que le causaron.
PARTE 2: Arturo llegó al hospital como si entrara a un restaurante caro, con abrigo de lana, botas limpias y esa calma de los hombres que siempre han comprado silencio. Diego venía detrás, con lentes oscuros, tenis de marca y dos cafés en la mano, como si aquello fuera una molestia familiar y no un crimen. Mi mamá se encogió apenas los vio. Arturo lo notó. Y sonrió. —Mira nada más —dijo—. La reina del drama ya reunió público. Me puse entre ellos y la cama. —No se acerquen a ella. Diego rodó los ojos. —Hazte a un lado, Lucía. Esto es asunto de familia. —Ella es mi madre. —Era —respondió él—. Hasta que firmó todo. Arturo sacó una carpeta de piel y la levantó como trofeo. —Poder notarial. Cesión de derechos. Autorización médica. Todo firmado por Elena. Mi mamá negó con la cabeza, llorando. —Yo no sabía qué eran esos papeles… —Claro que sabía —dijo Arturo, y luego bajó la voz al notar que una doctora miraba—. Pero está confundida. Ya no está bien de la cabeza. —Tiene cincuenta y ocho añ...