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Una criada embarazada estaba de rodillas en medio de la alfombra color crema, con jugo de naranja de su cabello, de su rostro y de su uniforme.

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  Cuando Adrian Vale entró en la mansión aquella tarde, estaba pensando en flores. No porque le importaran las flores. Sino porque a su madre le habían importado, y la mujer que lo esperaba vestida de blanco había insistido en que los arreglos de la boda tenían que ser perfectos. Rosas blancas. Detalles dorados. Manteles color champán. Todo pulido, controlado, caro. Ese era el tipo de vida dentro de la cual Adrian había pasado años aprendiendo a sobrevivir. Entonces las puertas se abrieron. Y olvidó todos los pensamientos que había tenido. Una criada embarazada estaba de rodillas en medio de la alfombra color crema, con jugo de naranja goteando de su cabello, de su rostro y de su uniforme. Una mano estaba apoyada contra el suelo. La otra estaba envuelta de forma protectora sobre su vientre, como si creyera que toda la habitación quería hacerle daño a lo que llevaba dentro. En el sofá, detrás de ella, estaba Victoria. Elegante en su traje blanco. Furiosa. Con un vaso vacío to...